Jóvenes indígenas, danzantes transnacionales

Olga Lorenia Urbalejo Castorena
Universidad Autónoma de Baja California
lurbalejo@uabc.edu.mx

Foto: Olga Lorenia Urbalejo Castorena. Tijuana, Baja California, 3 de octubre de 2019


Introducción

Lo que a continuación se presenta es una primera aproximación con relación a los jóvenes danzantes mixtecos transnacionales; aun contando con más trabajos realizados sobre jóvenes indígenas en Baja California, en temas como los imaginarios de la juventud y participaciones políticas, el asunto que abordo en este texto se complejiza al tratarse de jóvenes que cruzan la frontera internacional de manera regular, para insertarse en la vida familiar y ritual que se ha configurado en un espacio que comprende Oaxaca, Baja California, en México, y California, en Estados Unidos. Así, a este grupo de familiares danzantes los caracteriza estar asentados en California, pero vitalizar sus prácticas en ambos lados de la frontera. Ante un escenario de la juventud indígena que es constantemente modificado, donde su dinamismo incluye el no autoadscribirse a un grupo étnico, un accionar político vinculado a prácticas culturales, y ahora a una participación en la vida política estatal (luego de la demanda de acciones afirmativas), nos encontramos con estos danzantes, quienes circulan en la red transnacional y se muestran desde su juventud.

Baja California, estado fronterizo del norte mexicano, se distingue por su diversidad de habitantes, siendo la migración una de las causas, entre dicha diversidad encontramos a su población indígena, dividida prácticamente en dos grupos: a quienes distinguimos como nativos, compuesto por cinco etnias yumanas: kumiai, kiliwa, cucapá, cochimi y pai-pai, y por otro lado a quienes denominamos como migrantes, provenientes de otros estados de la república mexicana, destacando numéricamente, purépechas y mixtecos. Al ser un estado de frontera, encontramos que ésta ha trastocado de diversas maneras a su población, por ejemplo, el establecimiento de los límites territoriales entre México y Estados Unidos en 1848, llevó a los grupos yumanos a una separación de su territorio, y a socializarse y distinguirse políticamente de distinta manera, al ubicarse unos del lado mexicano y otros en el estadounidense.

Esta historia de división, de la vida fronteriza, también es contada por los grupos migrantes, encontramos así, a una población transnacional, con residencia en California, y con vínculos en México, pero no sólo en los lugares de origen (donde continúa el mantenimiento de los lazos comunitarios), sino también presentan una fuerte identificación y relaciones con ciudades bajacalifornianas, las cuales en algún punto podemos seguir considerándolas de recepción de migración, y sin embargo, son parte sus espacios y modos de vida, al establecerse en ellas desde la década de 1970. En el caso de los jóvenes les resulta una regularidad saber que forman parte de una mixteca de Oaxaca que se ha extendido.

Jóvenes indígenas, danzantes transnacionales

Ante lo heterogéneo y con historias e historicidades distintas, entre los grupos indígenas, observamos puntos de convergencia, como cuando se abordan temas relacionados con las exclusiones sociales, principalmente en los espacios urbanos, dando cuenta de que en los países latinoamericanos es por el pasado colonial, que ha marcado las diferencias étnico-culturales, lo cual trastoca las identificaciones entre esta población, viviendo una serie de ocultamientos de sus raíces. Es común que en este escenario sean las y los jóvenes quienes mayormente no quieren ser reconocidos por una vinculación con lo étnico, y mucho menos reconocerse desde ahí. De tal manera que, en lugares públicos o en ámbitos como los escolares donde no hay una representación de la grupalidad, los y las jóvenes no refieren a los lazos familiares, ni se adscriben como indígenas. Lo anterior es de la misma forma resultado de una esencialización que refiere al que el ser indígena conlleva a características fijas, por ejemplo, vestirse de una manera en específico, ser hablante de una lengua que no sea el español, y asimismo, es asociado a la pobreza e ignorancia. En el caso de Baja California, también supone una migración, a pesar de que entre los grupos nativos no la hay, y entre los migrantes, encontramos hasta tres generaciones viviendo en el estado, pero, como lo menciona Rebelín Echeverría, “la presencia de prácticas discriminatorias, estereotipos y prejuicios hacia las poblaciones indígenas, lejos de disminuir, se perpetúan con los años, pese a los esfuerzos que diversos organismos internacionales, nacionales y locales ponen en su quehacer cotidiano para el reconocimiento y la protección de las personas indígenas” (Echeverría, 2016: 101).

No obstante, que lo descrito arriba sea el horizonte generalizado, también podemos dar cuenta de jóvenes que construyen una etnicidad desde su propia experiencia y mediante distintas aristas exponen quiénes son como indígenas; en este punto es importante decir que no es intención señalar que haya una forma particular de ser un joven indígena, o que toda aquella persona que es joven en un grupo étnico debe manifestar su etnicidad, sino que la propuesta es dialogar sobre las particularidades suscitadas en un mundo cambiante, donde la juventud tiene muchas posibilidades de expresión, más allá de las impuestas institucionalmente. De tal forma que, ante lo vertiginoso que es el contexto de la juventud indígena, me voy a referir a un grupo en particular, los danzantes en el espacio transnacional, jóvenes mixtecos, familiares entre ellos, quienes son residentes de California.

Ellos/as hacen circular las danzas que tienen como origen una mixteca rural, pero que observadas hoy son también urbanas y fronterizas. Es importante destacar que estos jóvenes si bien viven en California, la observación que sobre ellos he hecho es en Tijuana, por lo que, aunque en diálogo con trabajos que abordan a jóvenes indígenas en ciudades californianas, como el de Alan Llanos, donde se menciona que su espacio de estudio es una Oaxacalifornia, (anclado en ese caso en Estados Unidos), “entendida como una representación espacial constituida por las toponimias de significación y referencia de los jóvenes indígenas transnacionales, así también como elemento constitutivo de su identidad cultural” (Llanos, 2019: 64), y se distancia de otros trabajos como los que apunta Tania Cruz en el prólogo del libro Juventudes indígenas en México. Estudios y escenarios socioculturales, donde al referirse a los jóvenes indígenas migrantes en Estados Unidos, hace énfasis en la condición de indocumentación (Cruz, 2020: 17), la diferencia estriba en que los jóvenes danzantes cuentan con un estatus legalizado que les permite cruzar la frontera internacional sin ningún problema.

En Tijuana se encuentra una parte de su familia, quienes son una “bisagra” que articula lo transnacional. Es de llamar la atención que frente a lo que es posible elegir para comunicar su ser indígena, los jóvenes lo hagan mediante las danzas, debido a que, en la vida adulta y su organización, se identifican como parte sustancial del ser indígena migrante, y que para los jóvenes sea una forma de también hacer evidente su experiencia entre fronteras. Es en Oxnard, California, principalmente, que se reúnen para practicar, ahí también hablan sobre sus gustos, los cuales son perceptibles a través de las máscaras que utilizan. En Estados Unidos también se emplean, algunos en los campos de frutas y hortalizas. Arqui, quien es danzante, trabaja en los campos, pero como fumigador, por esa razón su labor es nocturna y sus idas a Tijuana, representan tiempo para convivir con sus tías/os y primos/as, quienes viven en Valle Verde, en la zona este, donde hay varias colonias con pobladores mixtecos.

La circulación de danzas en el espacio transnacional se encamina a reforzar los lazos entre paisanos y familia, y toman características y significados dependiendo de sus referencias espacio-temporales. Es en los festejos religiosos donde mayormente se realizan, debido a que las fiestas patronales son una constante que caracteriza a los grupos. Son esas celebraciones donde encontramos una mayor presencia de jóvenes, y las actividades en las cuales tienen participación: la música y la danza; se involucran en ellas instados/as muchas veces por la familia, para que integren bandas de música tradicional o proponiéndoles formar grupos de danzantes. Al aceptarlo, lo que ha sucedido es que les han impreso sus gustos, no en la elección de qué tocar o qué danzar, sino en el cómo se muestran. Hacer lo “mismo”, pero hacerlo diferente, por representarse a ellos mismos, es a lo que convoca a pensar cuando vemos a los y las danzantes con máscaras de personajes de películas hollywoodenses como el payaso de la película Eso o El Depredador, en lugar del uso de una máscara tradicional de diablo para la danza de moros y cristianos. El traje del danzante en este caso, incluye llevar tenis Converse o sudadera de alguna marca de tiendas estadounidense, sincretizando así la ritualidad con la forma de ser joven.

Estas expresiones toman relevancia entre jóvenes a quienes frecuentemente se les excluye, y por otro lado tienen presente su pertenencia indígena, así que la ropa tiene importancia como un desmarcamiento y a la vez un gusto, pero hay casos en que esto se presente al extremo, como lo muestra Daniel Llanos al apuntar, que para el caso de jóvenes indígenas de la Sierra Central del Ecuador, la ropa es un campo de contienda, los jóvenes, comenta, “se encuentran en una constante disputa por la originalidad e innovación; valores difundidos en un contexto globalizado. En suma, no importa que la prenda de vestir sea utilizada por millones de personas en el mundo, lo que importa es no coincidir con la misma prenda en la comunidad” (Llanos, 2019: 27).

Entre los danzantes estos “gestos” del vestir que, pudieran pasar desapercibidos, dan cuenta de que la experiencia está presente en el cuerpo, el cual se convierte en una arena política, como lo dice Besserer, quien además añade que:

La experiencia identitaria es el resultado de la complejidad de formas de identidad que viven los sujetos. Se trata no solamente de formas hegemónicas, sino también manifestaciones subalternas, por lo que el cuerpo —que es el locus de la experiencia— es el lugar de una dialéctica que da cuenta no solamente de pluralidad discursiva, sino de las contradicciones vividas. (Besserer, 2020: 133)

De tal manera que, en los festejos que se realizan a los santos patronos, los cuales convocan a la nostalgia de los lugares de origen y, asimismo, permiten la apropiación de los de residencia —desde lo cultural— y son de la misma manera, una participación pública que se hace política. En seguida se muestran una serie de fotografías que tienen por objetivo aportar a lo expuesto, en el ánimo de continuar con el diálogo. Las fotografías corresponden al festejo a San Francisco de Asís (3 de octubre de 2019), que se celebra desde hace más de 20 años en Tijuana, en su ritualidad se incluyen misas (en español y en mixteco), procesiones y bailes; las danzas van siendo parte de todos los momentos de la fiesta, se mezclan entre todas las personas que participan, algunas veces desde la representación de la máscara y otras mostrando sus rostros. Los danzantes son una síntesis de lo que ha sido la migración de las personas adultas, la vida transnacional (de cruces constantes) y la posibilidad de elegir qué los representa hoy.

Foto: Olga Lorenia Urbalejo Castorena. Tijuana, Baja California, 3 de octubre de 2019


Foto: Olga Lorenia Urbalejo Castorena. Tijuana, Baja California, 3 de octubre de 2019


Palabras de cierre

Así, en los cuerpos de estos jóvenes, que son movimiento a través de la danza, podemos ver expresados su locus que da cuenta de la vida en juventud, de las construcciones que han hecho de sí mismos, en el espacio amplio transnacional, el cual conjunta la experiencia de vida en la frontera, un ir y venir. Su danzar es parte de una cotidianidad que transcurre entre el campo y la casa familiar. Hace falta seguir investigando sobre el tema para profundizar en sus historias de vida y sus significaciones, así como para ampliar la discusión entre distintitos grupos de danzantes.

Bibliografía

Besserer, Federico (2019), Estudios transnacionales: claves desde la antropología, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa y Juan Pablos Editor.

Cruz, Tania (2020), “A modo de prólogo, tres momentos”, en Juventudes indígenas en México. Estudios y escenarios socioculturales, Tania Cruz-Salazar, Maritza Urteaga y Martín de la Cruz López-Moya (coords.), Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas y El Colegio de la Frontera Sur.

Echeverría, Rebelín (2016), “Estereotipos y discriminación hacia personas indígenas mayas: su expresión en las narraciones de jóvenes de Mérida Yucatán”, “Estereotipos y discriminación hacia personas indígenas mayas: su expresión en las narraciones de jóvenes de Mérida Yucatán”, en Aposta. Revista de Ciencias Sociales, núm. 71, pp. 95-127.

Llanos, Alan (2019), “Jóvenes mixtecos y zapotecos en Oaxacalifornia. Una aproximación a sus prácticas estéticas”, tesis de doctorado, El Colegio de la Frontera Norte.

Llanos, Daniel (2019), “Transformaciones en las prácticas identitarias de jóvenes indígenas de la sierra central del Ecuador”, en Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, vol. 28, núm. 2, pp. 19-29.

Urbalejo, Olga Lorenia (2019), Imaginarios Juveniles: un análisis desde la condición étnica y urbana de las y los jóvenes mixtecos en Tijuana, Universidad Autónoma de Baja California.

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